Camino de Santiago 2019

Artículo compartido por María Escudero

Dentro de poco hará un año del viaje que realizó el colegio teresiano Jesús Maestro al Camino de Santiago, en la edición de 2019 participó mi hija María. Como peregrino y como padre estoy muy orgulloso de su experiencia y me gustaría compartir las palabras y pensamientos que María dedicó a su experiencia de hace un año, a comienzos del curso que cambió nuestras vidas. 
Jose María Escudero Ramos, peregrino editor de Revista susurros de luz

Octubre de 2019

Cuando vas a emprender un camino, una de las cosas más importantes es la mochila, no puede pesar mucho y tienes que llevarte lo justo y necesario.

Estábamos todos muy nerviosos antes de subir al autobús, no sabíamos muy bien donde nos habíamos metido, solo sabíamos que ya no había vuelta atras. Tenía por seguro que se me iba a hacer muy pesado el hecho de tener que estar 7 horas sentada en el bus, pero me equivocaba, en cuanto me quise dar cuenta ya estábamos en el colegio de Vigo descargando las mochilas del autobús. Cenamos y nos fuimos a la cama a descansar ya que el día siguiente iba a ser un día duro. Nos despertamos a las 6:30, desayunamos y salimos a la calle con la mochila a la espalda para empezar el camino. Nada más salir empezó a llover y a hacer calor, me quite rápidamente la sudadera y el polar que me había puesto y me puse la capa de agua para que no se me mojase la mochila. El día empezó con cuestas monumentales para arriba y para abajo. Eran las 8:00 am y ya estábamos muertos de cansancio. Recuerdo las gotas de sudor cayendo por mi cara, la humedad y la niebla que no te dejaban ver por donde caminabas. A media mañana hicimos una breve parada para comernos la merienda de la abuela, pan con chocolate, eso fue como un chute de energía, justo lo que nos hacía falta para poder seguir adelante.

Yo me iba moviendo de grupos, había veces que iba deprisa y me iba con los primeros, y veces que estaba tan cansada que ya no me funcionaban los pies y me iba con los últimos. Volvimos a parar en un pueblo muy bonito a comer un bocata de chorizo y un plátano. Ese primer día fue eterno, no parabamos de caminar. Recuerdo muy bien cuando teníamos que cruzar carreteras, nos poniamos todos en fila y esperábamos la señal para ponernos todos a correr.

Mi amiga Cande y yo llevábamos un ritmo lento, no queríamos caminar más, queríamos parar y eso era lo que íbamos a hacer. Estábamos buscando un sitio seco para poder dejar las mochilas y sentarnos con tranquilidad y a lo lejos vimos a nuestros amigos que nos gritaban, ellos también habían parado. Nos quedamos un rato hablando, riéndonos de lo divertido que estaba siendo el camino y de cómo teníamos los pies de ampollas, hasta que uno dijo que se iba a poner las chanclas y todos hicieron lo mismo. Nos pusimos en pie y volvimos a caminar, Cris y yo íbamos con las deportivas pero los demás iban con las chanclas.

Dani y yo empezamos a hablar un poco de todo, los demás empezaron a acelerar pero a nosotros no nos apetecía. Pasamos por un pueblo desierto, solo pasaban coches muy de vez en cuando. Nos encontramos, junto un contenedor de basura, una silla de oficina, la típica silla negra, blandita y con 6 ruedas, fue mi salvación, no podía más con la mochila así que la deje encima y empecé a empujarla. Estuve con la silla más o menos como 1 kilómetro y medio y la dejé pues ya me había cansado de empujar. Un poco más adelante nos estaban esperando todos tumbados en el suelo para irnos ya al sitio donde íbamos a dormir. Comimos algo que llevábamos en la mochila y seguimos caminando, aun quedaban 2 km para llegar y ya estábamos todos muertos de cansancio. Cuando llegamos nos fuimos todos corriendo a las duchas, el agua estaba helada pero yo creo que a ninguno nos importó por la necesidad de ducha que teníamos. Tuvimos un rato de tiempo libre, cenamos, hicimos un “cuarto de hora de reflexión” y nos fuimos a la cama, ese día las chicas dormimos en camas, con diferencia el mejor día que dormimos de la semana.

A la mañana siguiente nos despertaron las profesoras, muy temprano, con un baile. Desayunamos y volvimos a caminar. Cuando estábamos saliendo de Pontevedra todos los chicos y chicas de nuestra edad iban al colegio, todos nos miraban un poco raro excepto un chico, Alex, nos estuvo preguntando cosas, nos enseñó un poco de gallego y nos dio conversación un buen rato hasta que se tuvo que desviar para ir a su colegio, como dice mi padre, un ángel del camino.

El segundo día de caminar fue normal, el primer tramo fue muy duro pero me lo pasé muy bien. Ese día dormimos en un polideportivo en Caldas de Reis.

Al día siguiente salimos con destino a Padrón. El día fue normal, como el anterior, divertido y duro al mismo tiempo. Ese día comimos empanada, a mí no me hacen mucha gracia pero estaban comestibles:-). Nos dejaron 3 horas de tiempo libre por el pueblo. Al principio no sabíamos muy bien dónde ubicarnos pero vimos unas canchas y fuimos ahí. Había un grupo de chavales y estuvimos jugando al fútbol con ellos, fue un momento de muchas risas, nos lo pasamos todos súper bien. Cuando ya cenamos y nos pusimos el pijama hicimos nuestro “cuarto de hora”, en el cual acabamos todos llorando. Nos pidieron que dijéramos una carga que tuviésemos en nuestra vida y al decirlo, todos nos pusimos muy sensibles, y encima hay que sumarle el cansancio que teníamos, era un cansancio tanto físico como emocional, porque aunque no lo creas el camino te sirve para conocerte a ti mismo y para conocer un poco mejor a los demás.

Al día siguiente nos levantamos y estábamos todos ya con ansias de llegar ya que íbamos de camino a Santiago, ya por fin.

Yo iba con el último grupo, llegamos con una diferencia de 3 horas con los primeros. Hubo muchas risas esa mañana. Tomás, uno de nuestros profesores, estuvo todo el camino sacándonos una sonrisa, cada vez que nos daba un bajón él nos volvía a levantar. Llegamos donde todos nos estaban esperando y comimos, descansamos 5 minutos y seguimos caminando. Como mis amigas y yo habíamos ido de las últimas nos dijeron que teníamos que entrar en Santiago las primeras y que nadie nos podía adelantar. Estábamos todos colocados en filas de 5 o 6 personas y empezamos a cantar a pleno pulmón el himno de llegada de las teresianas: “estamos aquí, ya hemos llegado, somos los teresianos, de lo mejor, de lo peor, siempre de buen humor, hey”

La gente al vernos entrar de esa manera sacaron los móviles y nos empezaron a grabar.

No quedaban ni 100 metros para entrar en la plaza del Obradoiro y nos pusimos todos a correr. Cuando llegamos al centro de la plaza nos tiramos todos al suelo y se nos escaparon algunas lagrimillas. Solo me salía darle gracias a mis compañeros, esos que han estado en los peores momentos del camino, en todo momento, no solo en los mejores.

Siendo peregrino aprendes a valorar hasta las cosas más pequeñas que hay, aprendes a agradecer hasta una simple ducha con agua caliente, poder lavar tu plato con un estropajo o simplemente tener una cama en la que poder descansar.

En el camino me dijeron unas frases que me gustaría comentar.

El camino es como la vida, vas a tener dolor y siempre vas a llevar un peso en tu mochila y muchas veces tienes que cargar con él porque no hay otra opción, pero otras puedes ver que es lo necesario, lo que de verdad te hace falta, por que muchas cosas las llevas por si acaso y eso hace que la mochila te pese más.

Nuestra vida es como un viaje en tren, tu te subes en un lugar determinado y vas a ver a muchas personas que se suben y que se bajan del tren, muchas personas que pasan por tu vida, pero solo muy pocas vas a ver que se queden contigo hasta el final del recorrido.

Si tienes la oportunidad de hacerlo, hazlo, descubrirás todos tenemos un peregrino dentro deseando salir.

María Escudero Peña, peregrina

1 comentario en “Camino de Santiago 2019

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