Cayéndome aprendí a montar en bicicleta

Cuando era niño montaba mucho en bicicleta, vivía en una urbanización que estaba recién construida, todavía no había muchos coches circulando ni mucha gente viviendo. Lo cierto es que la vida era mucho más tranquila que ahora, al menos eso me lo parecía a mí, que era solo un niño.

Una tarde bajaba a toda velocidad por una enorme cuesta, iba tan seguro de mi mismo…de pronto, en cuestión de un segundo se soltó el cable del freno de tal manera que se enganchó en la rueda delantera haciendo que saliese despedido hacía delante, una voltereta en el aire, la bici saltó por encima mío y caímos, muy llamativamente, la bici y yo contra el suelo.

Lo primero de todo era comprobar que la bici estuviese bien, una vez comprobado los daños materiales observé mi cuerpo sangrante. Nada importante, pantalón y camisa rota y bastante sangre. Cogí mi bicicleta y regresamos a casa, por suerte no estaba lejos. Mi madre me dio su Reiki particular, el cura sana, agua oxigenada y mucha mercromina mientras me hacia respirar como un perrito.

Ese día aprendí a caerme y a levantarme, casi 40 años después, he descubierto que lo que nos tiene que pasar no solo depende de nosotros, hay algo en el universo que nos dirige para que, si no escuchamos los susurros, veamos el mensaje a base de incidentes, pequeñas bromas del destino que nos hacen evolucionar, o nos seguiremos cayendo hasta que entendamos lo que tenemos que entender.

La vida es diversión, es aprender, es sufrir y es amar; es caerse y levantarse y saber que aunque estemos muy seguros de que vamos por el buen camino, siempre puede haber algo o alguien que venga a darnos un toque de atención y nos ponga en nuestro camino correcto.

Y yo, personalmente lo agradeceré desde la humilde posición de un peregrino de un mundo de luz en busca de señales.

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