Comunicaciones en redes que enredan

Jose Mª Escudero Ramos, Madrid, 2 de marzo de 2021

 

Siempre que nos comunicamos, lo hacemos desde unas creencias y un conocimiento en un punto y un contexto, fuera de ese punto y de ese contexto nuestras palabras pierden todo sentido, entonces ¿jugamos con las palabras a nuestro antojo?, ¿qué hay detrás de cada palabra?, ¿una ilusión?, ¿un concepto?, ¿un objeto?, ¿una emoción?.

Observando cómo son las conversaciones en los grupos de Whatsapp o Telegram, me resulta simpático comprobar el uso que le damos a las palabras y expresiones. Es cierto que las conversaciones en estos grupos ofrecen varios problemas, uno es la frialdad de las palabras pues al no poder sentir la entonación real con la que se han escrito, se pueden generar malas interpretaciones; otra es la falta de temporalidad de los temas de debate pues puede que uno escriba una cosa a las 9 a.m., seguidamente se mantenga una conversación fluida y alguna otra persona del grupo, más rezagada, responda horas después… El calor del debate se ha enfriado e incluso es fácil que se hayan cruzado otros temas diferentes en el transcurso del día, por lo que volver al diálogo de la mañana resulta hasta aburrido. Además, la velocidad de las noticias o comentarios hacen que las novedades se queden anticuadas en cuestión de minutos.

He comprobado que hay ocasiones en que parece que queremos ganar una conversación, puede que lo hagamos sin darnos cuenta. Una conversación no se puede ganar nada más que callando al prójimo, es entonces cuando cierras la posibilidad de aprender, te quedas sin enriquecer tu sabiduría y pierdes… creyéndonos ganadores hemos perdido.

Vivimos muy deprisa. Leemos muy rápido lo que nos llega y respondemos sin meditar la respuesta con un único pensamiento, el primero que nos viene, quizás fruto de un arranque de ira. Cuando algo nos hace hervir la sangre, mejor leer dos veces, irnos a dar una vuelta, volver a leer y pensar si hace falta responder aquello primero que vino a la cabeza en caliente o mejor se da otra respuesta o mantenemos el silencio… Otras veces parece que nuestra información es la más auténtica, «mi fuente es la más fiable». O compartimos por compartir píldoras de tres minutos en formato vídeo por querer asombrar a aquel que va a recibir la información o por demostrar, quizás, que tenemos la verdad a nuestro alcance, mientras vamos saturándonos de tanta «sobreinformación» que agota la mente y acaba con los datos del móvil de los que, como yo, no disponemos de moden en casa. Se podría decir que vivimos al límite… de los datos, lo cual es la perfecta excusa para no descargarnos todo lo que nos llega al móvil; vivimos por encima de nuestras posibilidades… de asimilación. Lo banal quita espacio en el disco duro del cerebro, dejando a un lado lo verdaderamente importante.

Nos sentimos en la obligación de “despertar” a todos nuestros conocidos sin recordar que todos los seres humanos tienen un libre albedrío, una capacidad de elección y de discernimiento, no podemos despertar a nadie que no quiera ser despertado, además, ¿quién dice que nosotros estamos despiertos? Porque puede que todavía nosotros estemos viviendo en un sueño o estemos en un mal despertar… Conozco gente que se despierta de muy mal humor.

Reenviamos textos obsoletos, repetidos año tras año hasta la saciedad. Somos como ratas de un laboratorio de control mental. No cotejamos la información, si es veraz, si es actual.

Queremos demostrar lo que sabemos, quizás para impresionar o por ego, queremos mostrar todo el conocimiento que hay alrededor nuestro pero , ¿qué necesidad tenemos de eso?

Todo esto hace que la palabra Verdad pierda fuerza o interés, como en su momento ocurrió con las palabras Amigo o Me Gusta (ahora like) por su incontrolado uso en algunas redes sociales.

Lo más gracioso es que algún día tendremos la oportunidad de “conocer” La Verdad en persona y no la vamos a prestar atención porque la estaremos buscando en nuestros gadgets electrónicos.

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