Crónica de la 55 Behovia San Sebastián

JOSE Mª ESCUDERO RAMOS, San Sebastián, 11 de noviembre de 2019

 

Hace unos meses mi amigo Jesús me invitó a pasar unos días en su casa con su linda familia y acepté encantado la invitación y quise aprovechar la oportunidad para ir a visitarles y correr la gran carrera que este año hace cien años desde su primera edición, la Behovia – San Sebastián. Una carrera emblemática que todo corredor debería correr al menos una vez en la vida.

Esta carrera comenzó a organizarse en 1919, según me han comentado, para hermanar Francia y España, el País Vasco francés con el español, pero como entonces había fronteras en vez de correr de Hendaya a San Sebastián, se organizó la carrera desde el primer pueblo español más próximo a Francia, Behovia, lugar que con el tiempo se convirtió en un barrio de Irún. Hace un siglo, según dicen, corrían disfrazados, corredores vascos de ambos lados de la frontera, franceses y españoles.

Cien años ya desde la primera carrera, 2019, cincuenta y cinco ediciones de la BSS y este año es la segunda vez que la corro, la primera la hice en 2011.

Los días previos de la carrera los pronósticos del tiempo eran muy desfavorables y en ésta ocasión acertaron quizás ese sea el motivo por el que se habían inscrito 33341 pero 27070 corredores fuimos los que decidimos asistir a la salida en Behovia. Un 19% de bajas antes de empezar.

El día de la carrera cuando salí del Euskotren el tiempo no era tan malo como esperaba. Fui dos kilómetros andando en lugar de esperar al autobús lanzadera que la organización facilita para llevarnos a la salida, eso me permitió disfrutar de unos hermosos paisajes y de la gente con la que me cruzaba con la que me permitía intercambiar unas palabras.

La BSS es una carrera en la que se sale por cajones que te asignan según el tiempo que has acreditado por tu mejor marca en una media maratón del último año, yo salía en el cajón 12 de 19 a las 10:54, casi tres cuartos de hora después de los primeros.

Llegué muy pronto a la linea de salida, me encanta observar, sentir el ambiente de la carrera y no me importa esperar, nunca corres ni esperas solo.

Aunque quería correr descalzo iba en huaraches por no quedarme frío antes de salir. Un rato antes me los quité y ya descalzo mucha gente me preguntaba si iba a correr así y se hacían fotos conmigo dándome un valor especial, lo que para mí es normal para los demás no lo es, te lo dicen con admiración y te hacen sentir bien, el ego bueno se activa, ese ego que me acompañará a lo largo de la carrera y que me hará superar los peores trances a los que me pude enfrentar.

Hablé con mi hija, María, y con Desam, les transmito mi emoción mientras suena la música de Carros de fuego y algunas baladas de rock and roll y otras canciones de esas que te hacen sentir e incluso alguna lágrima de emoción brotan de mis ojos.

En mi dorsal pone el motivo por el que corro en esta ocasión, #unaambulanciaparalosmaká, puedes ver toda la información aquí, pero en resumen es para una comunidad de indígenas del chaco paraguayo que necesitan ayuda para comprarse una ambulancia que les facilite llevar enfermos a los hospitales más cercanos en el menor tiempo posible.

Mientras que esperamos la hora en que sale nuestro cajón nos llovió bastante, lo bueno es que nos pudimos cubrir bajo unos hermosos árboles de este pulmón del planeta que es Euskadi.

Llega la hora de la salida, no tenía otra opción nada más que correr descalzo, sentí algo de miedo al ver que el asfalto por el que vamos a comenzar a correr no es muy suave, mis huaraches tenían los cordones muy gastados y dejé mis zapatillas minimalistas en casa. El asfalto es duro y abrasivo para los píes, lo bueno de la lluvia es que te los refresca, lo malo es que hay terrenos que pueden ser deslizantes en exceso. Debía de correr con precaución, el perfil de la carrera es de cuesta abajo, cuesta arriba, cuesta abajo, cuesta arriba, cuesta abajo. Los pies iban a sufrir… y lo sabía, pero valía la pena.

Al comenzar la carrera se atraviesa Irún, cientos de personas nos animan, a pesar del mal tiempo, y así continuamos hasta llegar a la meta.

Durante los 20 kilómetros, a cada rato, corredores y público me mostraban su admiración al verme correr descalzo, todos con una sonrisa, con amor, que es lo que somos y lo que florece en las carreras, lo que mostramos sin miedo porque lo hacemos como compañeros de carrera no como contrincantes. No vamos a ganar, en cada carrera vamos a mejorar como corredores, como individuos y si uno mejora, mejora la humanidad.

En diferentes tramos el público nos regala naranjas que te alimentan el alma, los avituallamientos, servidos por maravillosos voluntarios te dan agua, fruta, gominolas y muchas sonrisas…no existe palabra para definir cómo te hacen sentir y más en un día como el de la carrera.

Creo que fue en el kilómetro 13, en la subida a los capuchinos, cuando me cayó la gran granizada, es ese momento no sabía si parar y ponerme el cortavientos que portaba en mi mochila o seguir, y decidí sentir, seguir, sentir cada bola de granizo, agradecer este instante precioso en el que el universo te ofrece la posibilidad de sentir el calor del público en medio de ese frío granizo, los pies descalzos, el corazón latiendo emocionado, agradecido, lleno de amor.

Llegando a Pasaia (Pasajes) la vista es tan hermosa que digo en voz alta ¡qué hermosura! Y estuve a punto de parar a hacer una foto pero no lo hice porque sabía que el recuerdo de ese instante no podría ser captado en una foto. Quería sentir y sentía.

Ahora tenía dos opciones, acelerar toda la cuesta abajo hasta la meta o seguir a un ritmo bueno sin esforzar. Decidí permitirme sentir el calor y los ánimos del ambiente, seguí dosificando energía, observando, sintiendo, amando.

Según me acercaba a San Sebastián me acordaba de mi padre y de mi tía que desde el cielo estaban animando, bueno, en verdad los sentía tan cerca de mi, estaban en mi corazón, corrían conmigo. Llegar corriendo a San Sebastián, tierra que les vio nacer y crecer en sus primeros años de vida me llena de una emoción inefable.

Llego muy bien a los últimos kilómetros, la gente animando a todo pulmón. Emoción, gratitud, pienso en mi mi padre, en mis tías, en mi hermano Juantxo que debía estar corriendo conmigo, pienso en mi madre, mi hija, en Desam y en la familia tan maravillosa que me ha acogido en su casa estos días, Leire, Izar, Jesús. Llegaba a meta lleno de gratitud y de amor. Soy tan afortunado.

Cruzo la meta, voy a por mi medalla y la bolsa de avituallamiento, el chico que me ve llegar descalzo me da dos bolsas y me dice “te las mereces, eres un campeón”.

Me voy a un lado de la calle camino del punto de encuentro donde había quedado con mi amigo Jesús, en la misma línea de meta, me pongo de rodillas y lloró de emoción. Me siento tan afortunado, estoy tan agradecido. La lluvia me sigue mojando, ya da igual, después de todo lo vivido que mas dará un poco más de agua ¿no estamos compuestos de un 78% de agua?.

Un diario definió la carrera como épica, hemos hecho historia. Lluvia, viento, frío, granizo y el calor humano de compañeros corredores y todos los ciudadanos de esta zona del mundo. Todas estas personas que durante 20 kilómetros han soportado el mal tiempo para animar a corredores que ni siquiera conocen, sin juzgarles, sin preguntarse si este es españolista, nacionalista, de izquierdas o de derechas, simplemente están ahí, animando con todo ese cariño que demuestran en sus palabras. La BSS es una carrera que hace llorar de emoción, no solo por lo dura que es, no solo porque se ha podido correr bajo el granizo y la lluvia y llegar a la meta con una sonrisa en el alma, te emociona sentir cada palabra en euskera o en castellano, txapeldun, campeón…

Me encanta aprender, compartir, tener experiencias, amar y sentirme amado y más cuando corres con una causa, amar y hacer que las cosas pasen… mi ilusión es conseguir una ambulancia para los Maká en el Chaco paraguayo ¿Me ayudas?

#CorredorEspiritual

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