El extraño caso de un hombre que quería ser feliz

Érase una vez un hombre feliz, no hacía nada especial, simplemente vivía la vida como una sorpresa diaria.

Camina por la calle, rodeado de tráfico y con un ruido ensordecedor, se para frente a uno de esos árboles que viven rodeados de losetas y asfalto, y de entre todos los sonidos, destaca el del gorrión que, feliz rodeado de su verde mundo, canta alegre a la inmensidad de la vida.

Nuestro protagonista sigue caminando y observa las nubes pasar, el cielo azul, el sol brilla…aun cuando el cielo está gris de lluvia, disfruta de ello, le encanta el hermoso olor de la humedad en el ambiente. Las tormentas son preciosas películas que dibujan en la mente escenas a base de flashes intermitentes.

Todo es una constante sorpresa, todo es hermosura, sólo hay que verlo como lo que es…un incesante fluir de instantes nuevos que reflejan sencillamente lo que cada uno quiere proyectar…sí, proyectar de sí mismo.

Caminas por la calle y puedes ver la tragedia de una enfermedad que conlleva amor y empatía, o la salud en la avaricia y en la insatisfacción de no tener lo que uno quiere y no puede conseguir, pero nuestro amigo se para en los escaparates para ver la belleza de los colores, de la colocación de los productos, la belleza del etiquetado, pero no quiere consumir, pues no necesita nada para ser feliz, solo observar y ver la inmensidad de las pequeñas cosas.

Camina por la calle y ve las caras de preocupación, de enfado, de ira y de odio, pero también ve caras que expresan amor y emociones. Se fija en los detalles de las mujeres a sus hijos, de los niños hacia los mayores, y los intenta premiar con una sonrisa, con una mirada o con una palabra sencilla, GRACIAS.

Pasea por el mundo, por aquí y por allí y en todas partes ve lo mismo, posibilidades de felicidad.

Sonríe, ama y es inmensamente feliz.

Luego llega a casa y se quita su disfraz de hombre feliz. Se tumba en la cama y sueña…sueña que es un ser de luz que reparte felicidad por el mundo, sin límites geográficos, para él, entonces, no existe el espacio ni el tiempo, se conecta en otra dimensión donde no hace falta ser para SER, donde no hay disfraces ni etiquetas, donde los maestros aprenden y los alumnos enseñan…donde todos saben que es todo tan hermoso como es que no existe el miedo, la culpa o el dolor.

Cuando se despierta, nuestro protagonista elige de entre muchas posibilidades como va a ser su día, y sale a la calle de nuevo, con un montón de sonrisas en el bolsillo dispuestos a repartirlas, aquí, allí… Os contaré un  secreto,  yo un día me lo cruce, y me hizo inmensamente feliz…me dio una sonrisa en un papel y me cambió la vida…

¿De dónde vienen las emociones? ¿De qué parte del cerebro surgen los miedos, dudas, alegrías y tristezas? ¿y la seguridad?

Todo lo que sentimos son reflejos de supervivencia…el sexo, supervivencia de la especia, el miedo, el instinto que nos pone en alerta… ¿y el amor? Esas drogas que segregan nuestros cuerpos, dopaminas, endorfinas, son la demostración biomolecular de que el universo nos ha hecho con el fin de que seamos felices. En cada uno de nosotros está la posibilidad de  hacer que se segreguen más drogas de la felicidad que de las del miedo, tristeza…solo se trata de crear el ambiente adecuado, y eso es única y exclusivamente decisión nuestra.

A mí me encantaría poder llevar sonrisas en el bolsillo para cada ocasión, me encantaría poder entregarlas a diestro y siniestro, jajaja, sobre todo a Siniestro pero hoy estoy para recibir sonrisas, tendré que bajarme a la calle y comprobar que el gorrión aquel sigue viviendo en su  verde mundo cantando alegremente a la inmensidad de las pequeñas cosas, nuestro pequeño e ínfimo mundo… Tan pequeño que es que para qué vamos a perder el tiempo en otras cosas…ya me he regalado una sonrisa…ahora vamos a repartirlas por ahí.

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