Una historia del tango

DESAM. FERRÁNDEZ, Asunción, Paraguay, 25 de octubre de 2019

Era una muchacha que se enamoró de un baile, el tango. Iba todas las tardes a ver a un joven bailar. Milonga, tras milonga ella siempre esperaba a que el joven se fijara en ella y que alguna vez se decidiera a invitarla a bailar.

Sabía que no podía sacarle a bailar, sabía que tenía que esperar porque el código del tango marca eso, ella disimuladamente se acercaba al borde de la pista y caminaba por el mismo, siempre había algún galán que la invitaba a bailar, pero el joven por el cual ella estaba locamente enamorada ni siquiera la miraba.

Aún así disfrutaba del baile, del abrazo, de la conexión con el otro ser que la estaba dirigiendo en una coreografía inventada en el momento, en una coreografía perfecta y diferente a todas porque el tango se inventa a cada paso, el que dirige tiene esa capacidad de inventar el baile que quiera, dirigiendo a la otra persona y permitiendo e invitándola a que haga sus piruetas, a que ella pueda exhibir toda su sensualidad y delicadeza. Eso sí con el paso que marca la música, sintiendo las notas más que la letra, sintiendo esa vibración que hace que bailes más rápido o más lenta. Ese día ella se sentía especialmente hermosa, estrenaba vestido, la luz de la luna llena entraba por los ventanales incidiendo especialmente sobre el joven a quien ella seguía mirando, la luz de la luna iluminaba más, si cabe, el rostro de su amado. Ella sigue danzando en brazos de otro hombre pero su mirada siempre va hacia la misma persona.

No sabe qué hacer para llamar su atención, en ese momento un giro hace que su vestido se ilumine por la luz de la luna, y entonces captó la atención de su joven amado. Para su sorpresa después de la pausa él se acerca le cabecea invitándola a bailar y ella acepta con un leve movimiento de cabeza, no hay palabras, no se intercambia nada más que ese cabeceo de petición y de aprobación. Entonces se envuelven en un abrazo,  el abrazo del tango y ella se siente la mujer más afortunada, no se atreve ni a mirarlo, está sonrojada !por fin está en brazos de su amado¡ Continúan los tres tangos y en cada pausa se cuentan con brevedad donde viven y a que se dedican.

Se siente amada en ese abrazo casto del baile, ella intenta retener cada respiración y cada palpitación de su compañero, no quiere perder detalle de cada suspiro no sea que no la vuelva a sacar a bailar, vive intensamente este eterno instante de pasión donde te enamoras eternamente de tu compañero mientras dura un tango. Se acaba el trío de tangos y él la acompaña a su sitio. Con una reverencia se va. Ella está loca de contenta por fin a tenido a su amado entre sus brazos durante 9 minutos que duran los tres tangos consecutivos. A la siguiente tanda él baila con otra mujer, ella espera paciente, hasta que decide marchar.

Al día siguiente se repite la escena como en los últimos días, él baila, ella baila, pero no juntos… hasta que el muchacho se acerca y los cabeceos indican la disposición de ambas partes. La envuelve con su brazo y con su porte más galante la guía por la pista, inventando un baile para ella, la coreografía es solo y exclusivamente dedicada a ella, está feliz sintiendo la conexión con él, le gusta la energía que mueve en cada paso, en cada expresión artística. Ella se atreve a levantar la cabeza y sus miradas se cruzan. Él la sonríe y a ella se le escapa un suspiro. Él se ríe y cuando se acaba la tanda la acompaña al sitio y la invita a un refresco para poder charlar. Salen a la terraza donde la luna se refleja en el líquido de los vasos y en los ojos. Él le toma la mano y se declara, diciéndole que lleva tiempo observándola, pero que le gustaba tanto que no se atrevía a bailar con ella porque sabía que el día que bailara con ella ya no se querría separar nunca más y por miedo a una negativa no se lanzaba. Ella le cuenta que hace tiempo que solo piensa en él, que los momentos más felices de su vida han sido cuando estaba tan cerca que podía escuchar el latido de su corazón.

Así comienza una nueva historia de amor, mientras siguen bailando su propia pasión tanguera, cerrando los ojos para sentirse, envueltos en la misma energía donde no hace falta nada más que dejarse llevar por la música, los acordes son los que marcan los ritmos y los tiempos mientras las almas danzan más allá de sus propios cuerpos, en un caminar respetuoso junto a un diálogo corporal sin palabras.

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