A las duchas

Puedes leer la primera parte aquí 

Cuando vinieron a buscarnos nadie quería expresar ningún tipo de emoción. Así nos hicieron sentir durante meses, alguna llevaba más de un año metida en el campo. Eramos muertas vivientes, vivíamos sin trasmitir emociones, sin sentir, eso no era vivir, por eso, cuando nos avisaron, muchas lo vieron como una liberación. Cuando estás metida en un infierno sin saber el motivo, lo único que esperas es que te llegue el día final, sea cual sea, la liberación o la muerte, que es otro tipo de liberación.

Vivir metida en un auténtico agujero, privada de libertad, sin tener ni idea de hasta cuando, ni el motivo, ni lo que se puede esperar de la vida, es un eterno suplicio, por eso suplicábamos a un Dios por el que nos habían encerrado, un indicio de su existencia y un sentido para las nuestras.

Ese día nos obligaron a salir del barracón con lo puesto. Yo me hice muchas preguntas ¿iría a ver a mis padres? ¿Nos llevarían a la liberación? Aunque en realidad todas sabíamos a donde nos llevaban.

Cuando llegamos a las duchas nos obligaron a desnudarnos, entramos muertas de miedo y de frío a la cámara que nos llevaría a la muerte, la gran liberación.

No nos atrevíamos ni a llorar, ni a mirarnos a los ojos. Solo sentíamos bajo nuestros pies un suelo húmedo, blando, maloliente, resbaladizo, ¿quién sabe que estaríamos pisando? No miramos hacía abajo, ni hacía arriba. Solo mirábamos a nuestro interior.

De pronto, una mujer comenzó a orar en voz alta, hasta entonces todas lo hacíamos en silencio por miedo a ser atacadas pues a nuestros secuestradores no les gustaban nuestros rezos pero llegados a ese punto, no teníamos nada que perder y todo que ganar.

Oramos y en esa oración encontramos la libertad.

Esa oración nos invitó a ser libres, y todas seguimos recitando la oración con la que crecimos, en el idioma de nuestros ancestros, el que nos une a ese Dios que parecía que nos había olvidado pero que justo en el último momento se mostró de la única manera que se podía, a través de la compasión, el amor y la fe. Esa fe que te hace libre a pesar de toda cadena y toda injusta condena.

De pronto empezó a salir un humo asfixiante por unos orificios del techo. Lo que todas sabíamos que podía pasar, pasó.

Unas mujeres se lanzaron a cubrir a sus hijas, ese instinto maternal de morir por lo que es su propia sangre, otras intentaron aguantar la respiración hasta que no pudieron más… se empezaron a escuchar gritos entre esos rezos que nos erizaba la piel a todas, esos rezos que nos acercó a ese Dios que está dentro de nosotras.

Mi pequeña Sharon pudo escapar gracias a la generosidad de un soldado que, a pesar de ser de los malos, actuó de forma extraordinaria, el ángel del campo de exterminio salvó al ángel que ayudó a más de una generación de seres humanos. 

¿Debemos contar lo que pasó o debemos callar toda la eternidad? Ahora que puedo sentir lo vivido en otra vida ¿he de volver a callar?

Mi sentimiento en esta vida, tras mucho caminar en el valle de las sombras, es que nosotras somos diosas, ese Dios que buscamos fuera está dentro de nosotras…pero también lo está satán, ese adversario que hace que un ángel caiga…¿que hemos de fomentar? ¿La luz que ilumine la oscuridad? ¿la sombra que apaga nuestra luz?

Siento el amor de un ser que dio su vida por compensar el daño creado por una sombra poderosa … y siento que poco a poco lo haremos todos, compensaremos ese sufrimiento de la humanidad, nuestra luz ilumina nuestro propio sendero. Se lo debemos a nuestros dioses, nos lo debemos a nosotras mismas.

El método no es quedarnos con un sufrimiento que no nos corresponde, lo que debemos hacer es agradecer esa posibilidad de saber que todos somos luz y fomentarla. Ese es el verdadero sentido de nuestras vidas, la toma de conciencia, ser conscientes de nuestra propia condición humana y divina y vivir en ese estado de  compasión y entrega para llegar a alcanzar la plenitud.

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1 comentario en “A las duchas

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