Así pasé la noche del 24 de diciembre.

Así pasé la noche del 24 de diciembre. Igual que el año pasado, la diferencia entre el año pasado y este soy yo, yo he cambiado.

Si cuento lo que ahora voy a narrar en primera persona es fruto de una reflexión muy profunda, una lucha entre egos y pensamientos cuya conclusión es que he de relatar los hechos como acontecieron por tres motivos, el primero es porque la falsa modestia es tan mala como ser vanidoso, pues si contando vivencias se crea ejemplo, bienvenida sea esa escritura y posterior lectura; la segunda es porque no soy el único que lo hace, somos muchos , y cada vez seremos más, muchas veces no actuamos porque no se nos ocurre que se puede hacer. El día 23, mi gran amiga Gemma, repartió su cesta de navidad entre los sin techo por compartir lo que el universo nos da, lo lleva haciendo años. No somos pocos, insisto. Y tercero, porque creo es necesario contar las cosas buenas, pues eso hace que suba la frecuencia de la humanidad, así como escuchar las malas noticias nos baja la frecuencia, al vivir y trasmitir todas estas cosas que uno vive de manera tan hermosa, desde el corazón y con humildad, hace que las vibraciones aumenten, se eleven las frecuencias de los corazones y así el de la humanidad. Por eso, también os invito a que contéis las acciones bellas que hagáis a lo largo del día.

El mundo necesita de estímulos positivos, somos más luz que sombra pero la sombra hace mucho más ruido, vende más, da más que hablar.

Mi idea era cenar con los vagabundos en la calle, compartir mi cena que no es lo mismo que repartir comida. Lo comenté con mi amigo Luis Briones, una de las personas más influyentes en mi vida en este momento, quien me preguntó si iba hacer lo mismo que el año pasado, a lo que respondí que sí, y que si quería venir conmigo podía hacerlo. No tardó un minuto en responder que sí pero teníamos que empezar pronto pues había quedado para cenar con su familia.

Así que preparamos bolsas con sándwiches, fruta, polvorones y turrón blando, una cosa que descubrí el año pasado es que muchos indigentes no tienen dientes, hay que hacer fácil l lo que para ellos es díficil…comer.

Quedamos temprano y empezamos a caminar por el centro de Madrid en busca de personas que nos ayuden a salvar nuestra alma, a limpiar nuestra conciencia.

Nos costó encontrar al primer sin techo, quizás porque quedamos demasiado pronto, quizás porque yo necesitaba ese rato que compartimos Luis y yo, momentos de dialogo y risas que a mí me ayudó mucho.

Vemos a dos personas viniendo hacia la plaza donde estábamos, comentó a Luis que una de las cosas que me pasó el pasado año fue que no sabía diferenciar si son vagabundos o no, yo, por mi aspecto, pelos y forma de vestir, bien podía pasar yo por uno de ellos. Nos acercamos y Luis extiende su mano y se presenta. ¡Qué enseñanza! Yo el año pasado me limité a mirar a los ojos y escuchar, aprendí mucho de ellos. Este año la primera lección me la dio mi amigo y compañero de aventuras y entrenamientos. No os he contado, Luis es un tipo que corre la maratón en tres horas y es capaz de bajar su ritmo y correr en dos horas 20 kilómetros para hacerme compañía y que no entrene solo en una media distancia. Quedamos muy a menudo para entrenar y alguna vez para manifestarnos por lo que creemos injusto. Luis es activista, es amor revolucionario, es entrega y humildad…y aparentemente muy tímido, cosa que no fue la noche de nochebuena.

Hablamos con las personas que aceptan las bolsas de comida encantados. Seguimos caminando, por suerte no hacía mucho frío. Vamos a un puente donde sabemos habrá gente durmiendo y vemos que por el otro lado de la calle baja otro grupo repartiendo bocadillos ¡Bien! Nos están quitando el trabajo. Me encanta. Somos muchos, os lo digo.

Felices seguimos caminando. El tiempo pasa y Luis mira el reloj, se acerca la hora en la que tiene que irse. Planteamos un itinerario y seguimos la ruta. Encontramos a bastantes personas indigentes con las que hablamos un buen rato y repartimos casi todo lo que llevábamos.

Un par de rumanos nos cuentan que lo que ellos quieren es respeto, que la comida llega, que no les falta, pero echan de menos hablar, que les miren a los ojos. Que poco nos costaría pasar a su lado cualquier día y prestarles un poco de atención, gastar unos minutos en sonreír y observar, mirar su alma a través de su mirada. Ellos también son luz y amor, aunque a veces la eclipsen tras un cartón de vino blanco…vivir en la calle, día tras día, es muy duro.

Vemos a otro hombre que nos agradece y nos cuenta un chiste y otro…es vasco, Patxi se llama. Nos pregunta si vamos a celebrar la nochebuena en familia, yo digo que no, mi idea era pasarla sólo aunque al final el universo cambió mis planes, Luis responde que sí pero que sin muchas ganas, no por no estar con la familia sino por tener que celebrar una festividad con la que no comulga.  Y en parte tiene razón, no hemos de buscar excusas para hacer reuniones y celebraciones, comer como si no hubiese mañana y regalar por  compromiso cuando no sale del corazón. Yo pienso igual. Cada uno que lleve su religión como crea, si es con coherencia y respeto, mejor.  Paxti responde muy rápido, espontaneo, desde el corazón, “No seas tonto, aprovecha ahora que están aquí, a tu lado”. Eso me lo está diciendo a mí. Así de maravilloso es el universo, esas notas sonoras que salen por la boca del ángel de la noche van dirigidas a mí. No se me saltan las lágrimas de milagro. “Vivid” “Vivid, el resto de cosas ya vendrán a lo largo del día, pero vivid” Como me gusta disfrutar de las lecciones de la Nochebuena. Paxti nos cuenta otro chiste y nos vamos muy agradecidos.

Luis plantea el retorno a su casa por un recorrido por el que pasamos por otra plaza donde creemos que habrán mendigos. Nos quedan dos bolsas. Nos encontramos a Amador, un hombre que espera a que Dios se lo lleve porque hace ahora 7 años le ”rescataron” de la muerte y desde entonces vive ahí, en meditación contemplativa, como un ermitaño de ciudad. Le miramos bien, sus rasgos son muy particulares, barba larga, greñas, su ojo derecho afectado  por una enfermedad, su sarcasmo hiriente, se flagela mientras espera su hora sin entender porqué le han regalado 7 años más de vida…Quizás sea para que personas como Luis y yo podamos aprender de él y confortarnos con sus palabras, con su gratitud, con su amor…bien por eso vale la pena siete años más…porque yo necesitaba escucharte a ti en la noche de Nochebuena. Gracias, Amador, por presentarte así ante mí, sabes que pienso que yo bien podría estar en tu lugar…Amador, tu nombre lo dice todo. Gracias, Gracias, Gracias.

A Luis se le pasó la hora, llegará tarde a su cita, seguro con una gran sonrisa y el corazón henchido de amor y gratitud, como lo está el mío. Nos despedimos de un fuerte abrazo y una gran sonrisa.

Queda una bolsa por repartir, voy hacia otra plaza y me encuentro un colchón en el suelo y a su lado un carro de la compra lleno de cosas. No había nadie, pensé que podía ser un buen regalo dejar la bolsa de comida encima del colchón, así que cuando llegará el habitante de ese espacio podía tener su regalo de Navidad. Así lo hice.

Mi hija celebra la nochebuena con su madre y abuelos, son más de ese tipo de festividades que yo. Mi idea era llegar a casa de mi hermano, quien me da refugio desde que me divorcié, y escribir esto que estoy haciendo ahora, pero mientras esperaba al autobús leo los mensajes de Whastapp. Hay uno de mi amigo Ramón Gil, otra de las personas más influyentes en mi vida en este momento. Ramón me dice que ha cambiado sus planes, que va a cenar con su tío en su casa y que si la quiero compartir con ellos. Plan improvisado de última hora… y menú vegetariano para mí. He de decir que bastantes amigos me habían invitado a pasar la nochebuena en su casa pero no tenía ganas de grandes cenas ni reuniones, y a todas dije que no porque prefería estar en la calle,  pero ahora no me pude negar.

Mientras iba a casa de Ramón pensaba en cómo hace el Universo para que las cosas pasen. Hemos empezado a repartir a la hora justa para que Luis y yo llegásemos a tiempo a nuestra siguiente cita. Cena con la familia, no toda la familia lleva la misma sangre, otra gran lección.

¡Qué hermosa noche! Hemos compartido, escuchado y amado desinteresada e incondicionalmente.

Todo es perfecto tal y cual es y quien lo dude es que no ha mirado a los ojos de un ángel en Nochebuena.

Y ahora, os invito a repetir esto mismo cualquier día del año. Yo lo haré de nuevo, no hace falta que sea Nochebuena, no hace falta nada más que ganas y sacar tiempo que dedicarse a uno mismo, pues si todos somos lo mismo y no hay otros, al alimentar a los sin techo nos alimentamos nosotros.

Aquel que hace daño a un hombre se lo hace a toda la humanidad, aquel que hace bien a un hombre, se lo hace a toda la humanidad. Pensamiento sufí

Gracias por permitirme se parte de esta gran aventura llamada vida.

Gracias, Universo, estoy de nuevo lleno de amor y gratitud.

 

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