Claudio

Desam. Ferrández, Madrid, 2 de enero de 2022

Nunca sabemos en los ojos en los que nos vamos a reflejar.

He conocido a Claudio, un hombre joven y guapo que me pedía 1 € para un café, en lugar de darle la moneda le dije que me acompañara y le invitaba a un café con leche para desayunar, estábamos cerca de un mesón de Lavapiés, su respuesta fue una breve sonrisa y un movimiento de asentimiento con la cabeza, nos dirigimos allí, le digo que si quiere comer algo y me dice que no, que solo el café.

Le pregunto si lo quiere para llevar o para tomárselo allí y me dice que para llevar, insisto, fuera hace frío y aquí se está caliente, yo también me voy a tomar un café, si quieres nos lo tomamos juntos y un ratito que no estás en la fría calle. El muchacho accede.

Mientras nos sirven el café entablamos conversación, luego con el café humeante entre nuestras manos continuamos, yo le miro a los ojos, me veo reflejada en sus ojos transparentes, claros y muy, muy tristes; le miro las manos que sujetan el vaso y están sucias, lleva días durmiendo en la calle.

La vida le ha dado un vuelco y ahora está en la calle aunque en tres días entrará a la cárcel, me explica qué ha hecho un delito menor y que el juez tenía que haber estado a favor del reo, Claudio había elegido realizar trabajos para la comunidad, sin embargo el juez ha dictaminado que tiene que entrar a la cárcel.

Me cuenta que en breve tendrá un techo en el que cobijar su cuerpo flaco del frío invierno, ya que estará en la cárcel, a lo que yo le contesto que no sé qué es peor, si estar en la calle o estar en la cárcel. Sus ojos desvían mi mirada hasta llegar al suelo, estos ojos esconden mucha historia…
Claudio me pregunta mi nombre, le digo que Desamparados, al oír mi respuesta me cuenta con una sonrisa un episodio muy gratificante para él: «el otro día fui a pedir a una iglesia y el cura estaba ocupado, me pidió que esperara que iba a tardar un poco. Mientras esperaba busqué en mis bolsillos y encontré 50 céntimos los eché en las velitas que hay delante de la virgen de los Desamparados; Como el cura tardaba, salí a la calle para ver si alguien me daba algún dinerillo o conseguía algo, al salir “luego de haber echado los 50 céntimos en las velitas”_ me lo vuelve a repetir haciendo hincapié de que fue después de echar la moneda_ me encuentro con un señor que me dio 20 €. Me sonríe cómplice, me mira y me sonríe».

Wow ¡qué suerte!_Le contesto.

Me vuelve a preguntar «¿cómo te llamas?». «Desamparados», le contesto. «¿Pero ese es tu nombre?» me pregunta de nuevo. «Sí, María de los Desamparados para ser más exactos». «Pues sabes que Claudio significa cielo»; a lo que le respondo con mi mejor sonrisa, «pues Desamparados está con cielo». Y se ríe.

La verdad que estas cosas me llegan al alma, no veo que va sucio, veo su mirada clara inundada de tristeza, ¿por qué etapa estará pasando?

¿Por qué estás bellas almas tienen que estar en la calle? Por sus historias… por sus películas con su verborrea mental…

Entre los dos se crea un espacio, un minuto de silencio, los dos tenemos nuestro pensamiento ocupado, el no sé que estaría pensando, yo en cómo ayudar a estos ángeles perdidos.

No sé porque le digo: «cada uno elegimos un poco nuestro camino» y él reconoce que tiene una vida muy caótica y desordenada y en este momento está esperando a que lo metan en la cárcel casi como una buena opción, ya que tendrá techo, comida y un jergón, aunque sin duda su verborrea mental le seguirá haya a donde vaya.

Con una palmada en la espalda le deseo suerte, no sé que decirle, sus ojos no son inquisidores, no le conozco, no sé de dónde viene ni a dónde va, solo siento la pena que aprecio en sus ojos cansados y a punto de tirar la toalla.

¡Suerte amigo!

¡¿En serio?! ¿Solo puedo estar lo que dura un café con él?, ¡las prisas!, y ahí se acaba mi implicación… La voz de mi conciencia y para quedarme tranquila, o eso creo, me dice: cada cual tiene su camino y este es inevitable y único… A veces esto no me consuela y otras veces pienso: ¿quién te crees que eres humana diminuta, para hacer algo que evite un solo paso del camino elegido de otro humano?¿Con qué derecho crees que lo que tú vives es lo mejor para el otro ser?…

Preguntas infinitas que dejo se diluyan en el aire que me envuelve hasta que encuentre la respuesta que me agrade y satisfaga plenamente.

Con las historias que nos cuentan nuestros amigos de la calle, y aunque quede mal decirlo, solo puedo agradecer la vida tan fácil que tengo.

Mil gracias a quién corresponda.

4 comentarios en “Claudio

  1. Ana

    Creo que a veces nos parece tan grande la tarea de ayudar a alguien de la calle que nos podemos quedar paralizados sin saber bien cómo empezar. Las dudas pueden surgir: ¿Es misión imposible? ¿Realmentte va a servir de algo? ¿Hasta dónde puedo implicarme?
    A poco que pensemos, siempre hay algo en que podemos echar una mano: pagar un desayuno o un bocadillo, ayudar económicamente a alguna asociación benéfica, preguntar si necesitan calzado o ropa, sonreír desde el corazón, decir una palabra amable, includo enviar un pensamiento positivo, un deseo de prosperidad…
    Cualquier cosa, menos quedarnos indiferentes.

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    1. Desam

      Hola Ana, gracias por tu respuesta. En eso ando, en ayudar a los que puedo y con lo que puedo. Aunque es cierto que a veces me quedo con la sensación de, ¿es poco?, 0tras veces me olvido de su libre albedrío y me gustaría que incluso no pasaran por esas circunstancias, sin embargo también sé que gracias a las vivencias que cada uno tiene se aprende a caminar por esta etapa de vida. En fin, yo seguiré viviendo, ayudando y sintiendo.

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  2. María José Durán

    Ooh… preciosa vivencia, divina vivencia… dentro de la tristeza que me produce la situación de Claudio.
    Bendito Claudio, bendita tú, Desamparados, benditos.

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