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Crónica Media maratón de Carabanchel

Me pueden más las ganas de ponerme a prueba que otra cosa.

Hace unos meses hice la media maratón Moratalaz y no acabé nada mal y según mi criterio estoy mejor, más en forma quiero decir, que ese día, por lo que me animo a inscribirme a la media maratón de Carabanchel.

Llega el día de la carrera y hay elementos externos que me perjudican. El calor que pronosticaban para el domingo 24 era fuerte, y en esta ocasión acertaron los satélites del Meteosat. ¡Qué calor!

Otra cosa cosa que me falló fue la mente. ¡Qué manera de traicionarme!. Menos mal que la pude mantener a raya hasta el último momento pero he de reconocer que estuve a punto de tirar la toalla varias veces. No recuerdo si fue en el kilómetro 13, buff… ¡Qué manera de sufrir! El calor, la mente… los pensamientos nocivos, los mensajes que se reciben en un momento poco adecuado… en fin.

Pero pude con ello, con los pensamientos nocivos, con el calor, y al final llegué sonriendo a meta.

Los primeros kilómetros por Madrid Río son suaves, con algunos falsos llanos y mucho calor a pesar de que eran las 8:30 cuando salimos del puente de San Isidro por Marqués de Vadillo; y vuelta para hacer un largo paseo por ese Madrid Río que tan bien conozco.

Hasta el kilómetro 7 compartimos carrera con la de 10. No recuerdo bien en que punto exacto nos separamos, creo que después de plaza Elíptica.

Desde que dejamos el margen del río es todo subida, excepto un cacho que se agradece de falso llano, lo demás subir y calor, subir y calor.

Los puntos de avituallamiento se me hacían lejanos por eso cuando llegó el primero dosifiqué el líquido elemento lo más posible como el bien más preciado de una película apocalíptica. Sorbito a sorbito, gota a gota, de agua y de sudor.

Hasta el kilómetro 10 fui conservador, sin arriesgar, intentando disfrutar. Hasta conversé con una corredora un buen trecho. Dejé que siguiera porque me di cuenta de que si mantenía su ritmo iba a pasarlo mal.

Una cuesta y otra cuesta más. Enfilamos hacia el centro comercial Isla Azul. Justo en la glorieta preguntó a un voluntario si queda mucho para conseguir una botella agua y me dice que muy poco, ciertamente no era más de un kilómetro pero se me hizo eterno. De retorno, volví a pasar por su lado y le pregunté si quedaba mucho para la cerveza, y reímos… si tengo ganas de humor, todavía me quedan fuerzas.

Dejé atrás la cuesta y sigue otra, creo que es la avenida de la peseta o por ahí, yendo hacia Carabanchel Alto. Conozco la zona por mis clases de conocer Madrid y por hacer la misma ruta pero en bicicleta.

Sigo subiendo, cada vez más despacio. Callejeamos. Veo la iglesia ortodoxa del barrio. Me re-sitúo. Queda poco para la cuesta abajo. Sé donde estoy.

Esta zona es de mucho meterse entre calles. Veo a una voluntaria en una pequeña glorieta y grito con poca fuerza que lo estoy pasando fatal. Me ofrece su botella de agua. Agradezco, de corazón: GRACIAS. Y digo que no pues queda poco para el siguiente puesto de avituallamiento y para ella el calor también se hace duro.

Calles, giros, gente y diviso la mesa de avituallamiento con más agua. Pensaba detenerme para disfrutar del agua con tranquilidad, cuando veo que me adelantan el coche escoba y dos ambulancias del SAMUR,

Ostras, esto no lo imaginé. Voy el último.

No me acabo la botella me quito las zapatillas minimalistas dejando a los espectadores boquiabiertos. De pronto, empiezo a acelerar, veo el comienzo de la cuesta abajo. Eugenia de Montijo, General Ricardos… hacia meta que voy. Quedaban unos 5 kilómetros.

Cuando corro descalzo me libero de prejuicios pero además me dejo mimar. Todos me dicen cosas bonitas.

Medito la zancada, dónde piso, la rugosidad del asfalto, mi pie, siento especialmente el dedo gordo donde me clave el cristal hace 15 días en la carrera del barrio de Zofío.

Todo controlado… voy sonriendo. Estoy disfrutando. Adelanto a una veintena de personas. Siento que estoy disfrutando de nuevo.

Conozco la zona. Jardines de Vistalegre, Oporto, el mural de Ibáñez, Calle Rue del Percebe.

Al llegar a la glorieta de Marqués de Vadillo veo a Desam, mi amor, me está esperando. Desacelero y me dice, no pares, sigue hasta la meta. Vuelvo a acelerar. 200 metros más. Llego sonriendo. Feliz. He dejado mis problemas atrás, he podido más que mi mente a pesar de que mi sombra casi me adelanta.

He podido con el desafío. 21 kilómetros. Calor, zapatillas, las jaulas de mis pies y una mente dispuesta a dar lo mejor de sí cuando las circunstancias no son favorables.

¿La volveré a correr el próximo año? Ayer hubiera dicho que no pero mi estado de cordura vuelve a difuminarse cuando las agujetas desaparecen. Las cuestas cuestan pero ya las conozco.

Integro la sombra en mi ser de luz y percibo que nunca me rendiré si la luz y la sombra al convivir en un ambiente hostil llegan a producir estos efectos maravillosos.

Superación.

He llegado a tiempo; no he llegado el último, me hubiera dado igual; he llegado feliz y eso no tiene precio.

El sabor de un abrazo al llegar a meta destrozado, te arregla todo el cuerpo y la mente. Y solo por eso vale la pena cada zancada de sufrimiento.

Destacar ese abrazo final y la de cosas bonitas que me dicen los espectadores cuando me ven correr descalzo. Me encanta.

Eso si lo disfruto porque ¿A quién no le gustan los reconocimientos? Que por qué corro descalzo os preguntáis… eso me lo pregunto muy a menudo y da para otro artículo. Quizás sea un sentimiento de libertad y no dependencia a elementos externos. Ahora mismo siento que las zapatillas me limitan, siento jaulitas en mis pies y yo me quiero sentir libre. ¿Lo soy o todavía me quedan cadenas de las que liberarme?

Gracias por leer hasta la meta.

La próxima será la carrera del árbol…

Susurros de luz

Susurros de luz, la asociación que hace que las cosas bellas sucedan y además las cuenta.

Un comentario en «Crónica Media maratón de Carabanchel»

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