Fragilidad

Jose Mª Escudero Ramos, Madrid, 29 de noviembre de 2021

Sábado por la mañana, madrugo pero no tanto. Sería alrededor de las 9:30 de la mañana y ya estaba en la línea 1 de MetroMadrid, me dirijo a dar un taller en el Centro Cuidarte en la zona sur de la ciudad.

MetroMadrid dispone de trenes muy modernos, de diseño aerodinámico, y tiene trenes más antiguos de forma más rectangulares, estos tienen los vagones separados, los otros, los modernos, van unidos por tubos flexibles de plástico que a veces suenan como Chewaca, el compañero de aventuras de Han Solo en la saga de La guerra de las galaxias. En los modernos, puedes ir de principio a fin del tren del tirón.

Viajo ensimismado en mi paz interior, preparando mi taller de primer nivel de Reiki que voy a impartir en una hora, de pronto, escucho unos gritos en el vagón de delante. Suena a discusión. Miro pero no veo nada, pensé que era la típica discusión a gritos por teléfono.

Sigo en mi silencio interior que se vuelve a romper al escuchar más gritos. Me asomo al pasillo e intento ver a través de las ventanas de los dos vagones, ahora sí que veo una especie de agresión física pero no aprecio la gravedad ¿Levantó la mano en una acción de violenta amenaza?, ¿hubo contacto físico?, ¿ese puño en alto llegó a golpear a alguien?.

En la siguiente estación, en cuanto para el tren, cambio de vagón. Tres niñas bastante jóvenes, más parecido a adolescentes que a jóvenes, salen del vagón gritando e insultando, la «presunta agresora» se regresa y escupe hacía donde yo me encontraba, justo en la puerta del vagón, al lado del asiento donde la chica agredida estaba sentada.

Al fondo del mismo vagón hay otras tres «niñas» aconsejando a la joven agredida, a voz en grito, que no se lo tomara «a lo personal», que esas chicas estaban muy borrachas.

La joven agredida a la que intento escuchar, calmar, pidiendo que se desahogue, que llore, preguntando cómo se encuentra y si le duele algo, me mira con su gracioso pelo rosa y sus gafas, por suerte no están rotas, y me dice que está acostumbrada a que la insulten y menosprecien.

Pregunto a las tres jóvenes que quedan, una de ellas estaba fumando dentro del tren, si habían hecho algo para ayudar, si habían grabado la agresión pero ellas no. Sí que grabaron las agresoras. Solo pido que sean esa clase de idiotas que suben el vídeo a internet y se las pueda pillar. Las jóvenes, que mostraron una pésima educación, se bajaron del tren en la siguiente estación y Mara y yo nos quedamos solos unas cuantas estaciones más. Pensando ahora más fríamente, me imagino que la maleducada joven fumaría por los nervios de ver una agresión así, porque en cuanto le dije «aquí no se fuma», apagó el cigarro, eso sí, con cierta chulería.

Seguí hablando con Mara, así se llama la joven agredida. Según me dice Mara, su nombre significa «amargura» y es el nombre del barco en el que su abuelo iba a cocinar a África en la posguerra.

Lo único que se me ocurrió hacer en ese momento fue escucharla, intenté que denunciara, que se bajase para avisar a seguridad, pero no quiso. Le regalé un ejemplar del libro El superpoder está dentro de ti. Mientras la miraba a los ojos le dije que a las personas sensibles se las suele hacer daño porque nuestra luz molesta a la oscuridad: « busca tu superpoder, encuentra en tu interior y desarróllalo, la sociedad necesita tu luz ante esa oscuridad por la que se mueven muchas personas».

Mientras escribo esto me pregunto si podía haber hecho algo más aparte de escuchar. Me pregunto cómo es posible que una joven como Mara esté acostumbrada a ser insultada y menospreciada. Me pregunto cuán enferma está la sociedad que muestra escenas como la que viví el sábado mientras parece que nadie hace nada para remediarlo, para intermediar, para parar el tren, ni jóvenes ni adultos… ni yo. Me pregunto si actué bien y os pregunto qué debía haber hecho ante esta situación, ¿cómo hubieseis actuado vosotras, vosotros?

¡Qué difícil! Deberían dar clases de primeros auxilios y atención a víctimas de violencia, a toda persona de cualquier edad. Puede que el miedo te paralice y no intervengas pero por lo menos sabremos, si nos atrevemos a actuar, cómo hemos de hacer la intermediación de manera más óptima. ¿Debí de haber parado el tren en mitad de las vías? ¿O quizás golpear el cristal para que parase la ofensa? ¿Y si luego es peor?… estaba en otro vagón…

Estamos en un momento de violencia extrema, ya lo avisaron los medios a principios de este año. Demasiado tiempo de limitaciones, de falta de esperanzas e incertidumbres. Ahora toca tensión y violencia que puede que sea otro daño colateral de unas medidas tomadas para prevenir el contagio de una enfermedad que ha acabado enfermando a toda la sociedad.

Como dijo Descartes: Pienso, luego existo, luego dudo. Espero obrar mejor si me vuelvo a encontrar en la misma tesitura. Deseo no volver a encontrar una situación igual nunca más.

De momento, seguiré intentando alumbrar para poder ser esa luz en esta oscuridad que está cubriendo la noche oscura del alma de la humanidad. Como dicen en la gran película El guerrero pacífico: Ama más a quien más lo necesite. Eso haremos.

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