Hoy me puse las gafas de ver bonito

DESAM. FERRÁNDEZ, Asunción, 19 de noviembre de 2019

 

Parece ser que hoy domingo me puse las gafas de ver bonito porque me encanta todo lo veo.

En mí andar matutino mientras recorro el camino empedrado, con sabor a vos, mi mirada se detiene en cada detalle, en cada maravillosa decoración, un farol, una reja. Los arquitectos diseñadores de la ciudad se han dejado el alma para hacer una ciudad bonita, diferente en cada tramo, donde cada casa habla de su dueño, de sus gustos y pasiones.
Las veredas y jardines están con el coqueto subido.

Las mañanas domingueras dan para la calma, la paz y la reflexión, con las calles vacías, sin niños corriendo porque todos están durmiendo. Sin el estrés ni la prisa de entre semana, la ciudad parece dormida todavía, solo se escucha algún susurro acompañado de un mate.

Estoy enamorada de Asunción, la ciudad cambia por cuadras, a mi paso encuentro mansiones opulentas, otras casonas ajadas por el clima y por el paso del tiempo donde penden banderas descoloridas enarbolando alguna convicción, en otra cuadra aparecen casas más modestas y luego pasas por otro lado donde se apiñan los comercios pintados en colores llamativos para atraer a los potenciales compradores con escaparates vistosos, justo en frente mismo hay una escuela.

Recorro los entresijos de la ciudad vírgenes para mí y es cómo si de repente abriera un libro y me quedase extasiada con la descriptiva narración que da el autor del paisaje a través de sus letras.

No se donde estoy exactamente, aunque tampoco importa, la vegetación es tan frondosa que me hace de parasol. Elijo ir por la acera donde se encuentran los árboles más grandes y de paso aprovecho su energía, su baño de luz y amor que ofrecen al humano, mientras aminoro un poquito la marcha cuando paso debajo de estos gigantes aprovechando para agradecerles su energía y su oxígeno. También me resguardo del bendito sol bajo los gigantes verdes, mientras me maravillo de las grandes y coloridas flores, que a pesar del extremo calor están exuberantes con todo su esplendor, de donde sacan esa vitalidad, no se agotan, no les falta la respiración, quizás saben que o florecen ahora o nunca. Son tantos los pompones de flores que cuando llegan al final de su vida, en la caída al suelo forman extensas alfombras de flores que luego irremediablemente pisas… huele a flores y se oyen los pájaros ¿se puede pedir más?

El árbol del mango tiene un fruto voluptuoso y ahora están en plena maduración empezando a pintar de rojo el verde intenso que tiene, los mangos están colmados de fruto, tanto que pienso si sus ramas aguantarán el peso de una cosecha tan importante. Mangos enormes se dispersan por todo Paraguay dando comida tanto a humanos como a animalillos.

Con todo esto que relato aquí rodeándome, no puedo más que decir que es un entorno hermoso, mientras agradezco a cada paso que doy por todo lo que veo y siento. Por la posibilidad de estar acá y vivir este capítulo del libro de mi vida. Me siento afortunada, amada y bendecida.

Gracias, Asunción
Gracias, vida

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