Reflexión sobre la belleza de la muerte

Desam. Ferrández, Madrid, 2 de junio de 2021

Acabo de ver un congreso online sobre “La belleza de la muerte” organizado por Ares Cuesta, donde magníficos ponentes exponen sus pensares sobre la muerte, el acompañamiento y el duelo. Una frase repetida en varias ocasiones por diferentes ponentes a lo largo del congreso me ha llamado la atención: “hay que prepararse para morir” .

La muerte y la gente mayor, los yayos, son temas que siempre me han gustado. Me pregunto por qué me atrae tanto; por qué me resuena tanto y por qué me parece tan, tan hermoso, el poder de la muerte. El misterioso poder de la muerte, quizás pasar a la luz, quizás no ser nada, quizás ser todo, quizás ser parte de la divinidad e incluso del universo.

Creo muchas cosas, aunque no sé con certeza qué será de nosotros después del último latido, en el momento de ir hacia el plano de lo desconocido, quiero pensar que tras la muerte hay algo más.

Las palabras de los ponentes, buenos comunicantes, titilan en mi mente. Todos tienen un montón de experiencia ya que basan parte de sus trabajos en los duelos, la muerte, la muerte honrando la partida del ser querido o del conocido; con respeto y cariño; también acompañando a los dolientes, que son los que se quedan en el plano conocido, en el plano físico, este plano de 3D donde nos movemos con todo nuestro conjunto de capas, incluidos pensamientos e inquietudes.

Me reafirmo: estoy muy volcada en el tema del cuidado de los ancianos, los cuidados paliativos, la muerte y el acompañamiento. Me seduce enormemente, remueve mis células y es donde me siento plenamente realizada.

En mi trabajo, cuando cuido a una personita ya entrada en años, que a lo mejor no se vale del todo por sí misma, a lo mejor necesita un poquito de ayuda o simplemente necesita una sonrisa, ahí es donde me abro completamente para que pueda salir todo lo que tengo dentro. En esa tarea lo doy todo, todo, no pienso en retraerme para nada, sino todo lo contrario, porque creo que estoy hecha para eso.

Por otra lado, mi parte romántica cree que en otra vida he sido una ancianita pequeña y vivaracha que ha sido cuidada íntegramente hasta el último aliento; ese aliento que es un suspiro de abandono de lo terrenal, donde se hunde totalmente el tórax para liberar todo el aire que lleva dentro y a la vez permitir la salida de la chispa, espíritu, alma o como queramos llamar a la esencia que nos permite estar vivos; chispa que sobrevuela por encima de la cabeza, del cuerpo físico que descansa en su jergón ya sin vida, reconociendo y agradeciendo ese vehículo para después ir hacia la Fuente o Creación.

Mi parte vocacional se derrite cuando sostiene una mano arrugada, usada y trasnochada creyendo que puedo ayudarla en algo, la verdad está lejos de mi intención, ya que sin darme cuenta sucede lo contrario y soy yo la que soy ayudada y bendecida con una sonrisa que vale más que mil palabras.

La satisfacción seguramente infle mi ego, eso tan manido en esta era, sin embargo me complace enormemente y hace que mi trabajo sea un gusto realizarlo.

Cuando pienso en la muerte no se me aparece la imagen lúgubre con guadaña incluida, sino todo lo contrario, imagino a un ser liberado del peso físico, sin gravedad, liviano, transitando sin ruido hacia otro lugar; emprendiendo una excursión hacia el desconocido espacio, lo que aquí llamamos luz, para que cuando esté preparado, los ángeles le acompañen a recordar sus vidas para seguir la metamorfosis más conveniente al lugar donde repose.

Cuando murió mi padre imaginaba que se había ido a un cielo azul intenso y que vestía de un blanco impoluto, que es cómo nos pintan el cielo y los ángeles, aunque también imaginaba que jugaba a las cartas, su pasión, con los otros compañeros desencarnados, ¿qué habrá de autenticidad en estos conceptos? Seguramente nada. Para mí esa visión era plácida y nada sombría, quizás esto me ayudaba a ver la muerte como un paso hacia otro estado, un cambio de formato.

Yo quiero morir en un retiro, sintiendo lo que cada célula haga, en silencio, despidiéndome del cuerpo maravilloso que me contuvo y una vez salga la chispa que me daba la vida, que celebren una fiesta de despedida, con música, baile y alegría, donde todos sepan que pasé la prueba de la vida y que empiezo otra aventura, esta vez con la transformación de mis cuerpos sutiles, esos tan delicados que el ojo humano no ve.

Y tú, ¿cómo te imaginas tu muerte?

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