SOPA, TORNILLOS Y DEMAS

He tenido la oportunidad de hacer un taller sobre Creatividad con Jaime Buhigas, un tipo excepcional. Para que todos sacásemos lo mejor de cada uno de nosotros, uno de los deberes fue escribir textos con palabras muy complicadas. El trabajo de Maribel, una de las compañeras ha sido tan… ¡impresionante!, que le pedí si nos lo cedía para publicarlo… y aquí está. leed hasta el final. El trabajo del don creativo no tiene límites.

Gracias, Maribel, por cedernos el texto para que lo disfruten nuestros lectores.

SOPA, TORNILLOS Y DEMAS de Maribel Arnaiz

Mi abuela se llamaba Leovigilda, no sé lo que me daba más miedo, si su nombre o su carácter porque era una persona rígida, autoritaria y poco dada a las expresiones de cariño. El único atisbo un poco humano era que tenía una tortuga en la bañera.

Por esas circunstancias de la vida, cuando era pequeña, tuve que quedarme a vivir con ella una temporada. Recuerdo con angustia e incomprensión muchos momentos que viví en su casa, uno de ellos era su obsesión por los tornillos. Todos los días íbamos a la ferretería y mi abuela compraba tornillos y más tornillos de distintos tamaños que luego en casa ordenaba, clasificaba y añadía a los que ya tenía colocados en unos botes dentro de en un gran armario. A veces le preguntaba: “abuela, ¿para qué quieres tantos tornillos? Pero ella siempre me contestaba: “eso no son cosas de niños». Yo lo único que sabía era que no me atrevía a pasar por delante de aquel armario, porque me daba miedo lo que podría estar pasando allí dentro con tanto tornillo.

Pero el momento peor era cuando llegaba la noche y mi abuela hacía la cena. Todas, todas, todas las noches preparaba una sopa de sobre con fideos. No me lo podía creer, yo que odio las sopas. Entonces empezaba la batalla. Me sentaba delante del plato de sopa, con una mano en la barbilla, la cuchara en la otra, moviendo las piernas debajo de la mesa. Y ella con cara de sargento, me decía: “Termina, de una vez, la sopa”. Yo no podía terminar, ni siquiera empezar a tomar la dichosa sopa. Ese plato de agua caliente, de color marrón, con fideos que flotaban en el caldo, me parecía asqueroso. A veces mi abuela salía del comedor y decía: “No te levantes hasta que termines”. Entonces, inspeccionaba la sopa por si había restos de la tortuga del cuarto de baño, porque pensaba que mi abuela la alimentaba para añadirla a la dichosa sopa. Otras veces imaginaba que los fideos eran víctimas de un naufragio y yo les ponía a salvo al colocarlos en fila en el borde del plato. Aquello terminaba cuando yo comía algo o mi abuela se ablandaba y me dejaba en paz. Aunque esto se repetía noche tras noche. Luego aprendí también a hacer batallas de fideos con la cuchara y el tenedor. Y muchas veces, me quedaba con la boca abierta, porque veía a los fideos moverse y levantar su cuerpecillo como si fueran cobras. Era como si quisieran jugar conmigo.

Por suerte para mi salud mental, mi madre volvió a recogerme y nos volvimos a casa y al cabo de un tiempo, me olvidé de la sopa, de los fideos y de los tornillos. No así de mi aversión a la sopa de sobre.

¡Ah! por cierto, mi abuela compraba los tornillos por si podía evitar el desahucio de la tienda de tornillos que era propiedad de una amiga suya.

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