Un kit kat

Un kit kat, relato de Desam.

Un parón sin previo aviso, un Kit Kat en mi zascandilear personal.

De repente me encuentro hablando con un árbol. 

– Hola _me dice_ ¿Qué haces aquí? _ continúa.

– Pues si te digo la verdad, no sé muy bien lo que me ha pasado. Recuerdo que un golpe de aire me desplazó hasta aquí… ¡Wow, esto es hermoso!, ¡qué bonitas cataratas! _ contesto mirando el entorno al que había ido a parar.

– ¿Tienes tiempo? _ pregunta el árbol.

– Sí _ respondo sin entender nada, ni tan siquiera porqué estoy hablando con un árbol. 

– Pues siéntate aquí un rato, apoya tu espalda en mi tronco y deléitate mirando y oyendo la música del agua mientras caen la multitud de gotas.

– Me parece buena idea, _ le digo _, es hermoso de verdad, parece que el agua intensifica los verdes. Voy a quedarme aquí un ratito. 

– Sabes, _ habla el árbol _ la vida es como esta catarata, a veces es tranquila y otras veces es vertiginosa, brutal, fuerte; para volver a ser tranquila y pasar otra temporada en el remanso mientras llega otra catarata. Podríamos decir que la catarata es una etapa en nuestra vida en la que vivimos intensamente un hecho que quizás nunca lo hubiéramos pedido, pero pasa, lo vivimos, lo transitamos y da igual lo intenso que sea. Cuanto más fuerte el conflicto, la catarata más alta es, aún así la pasamos para volver a llegar al remanso de nuevo.

A veces los humanos en una catarata pueden pasar un año, o dos, y el remanso pueden ser períodos de cuatro, cinco, quizás más, quién sabe… cada humano tiene unos periodos pues cada vida tiene una historia.

Yo, cada mañana cuando sale el sol y miro la catarata digo «otra gota que está viviendo intensamente su vida», claro, no es una gota sino un torrente de gotas. Como que no sería un humano, sería un torrente de humanos, cada uno en su etapa, viviendo no se sabe el qué.

– Sí, sí que tiene similitud con la vida; es como cuando nos subimos a una montaña rusa, llegamos a lo más alto y caemos en picado. Ha habido veces que he dicho «¡qué bien estoy!», y de repente viene algo y me caigo a lo más hondo hasta que vuelvo a remontar.

– Sí, es parecido, pero lo del agua me gusta más porque cuando estás en el remanso no tienes que hacer nada, simplemente dejar que todo fluya sin resistencias, dejarte llevar por las aguas sinuosas que te hacen vivir lo que es para ti.

– Interesante, es una metáfora muy apropiada, me gusta.

Intento levantarme porque ya me he cansado de estar quieta y me pregunta «¿dónde vas?»

– No sabría decir cuánto tiempo he estado quieta pero creo que es hora de moverme.

– Yo tampoco lo sabría decir, ¿ya te has deleitado con la catarata, el agua y el verde?

– Sí, sí, mucho, y todo muy bonito, _ respondo un poco incómoda por la insistencia.

– Tienes cara de que te gustan las flores, ¿has visto las flores que están a tu lado, a tan solo estirar el brazo?

– Uy, no, no las había visto _ reconozco.

– ¿Y te has dado cuenta de los frutos que están colgando en aquel otro árbol?

– No, tampoco _ le contesto.

– Verás, en la naturaleza se aprende a observar y observo que tienes muchas ganas de moverte.

– Aciertas, se podría decir que soy un culo inquieto.

– También observo que estás como… de descanso o parón…

– Sí, cierto _ le contesto sin saber que me quiere decir.

– ¿Y por qué crees que ahora la vida te ha propiciado este Kit Kat? _ pregunta el sabio árbol.

– Creo que por esto mismo que estás diciendo tú, porque no paro de hacer, y quizás tendría que observar más detenidamente, como lo haces tú, y no seguir corriendo de un lado a otro, que parece que lo que no quiero es estar conmigo. Quizás preguntarme… ¿Cómo te has levantado? ¿Cómo sientes tu cuerpo? ¿Qué quieres hacer hoy?

Uy, y me doy cuenta de que ni siquiera me he presentado, soy Jess, y ¿tú?

– Me llaman Olmo.

– ¡Olmo! Me he ido a sentar debajo de un olmo. Cuando tu cuerpo necesita Elm, de las flores  de Bach, es porque una está muy cansada, llevas mucha carga y se te baja la energía. Ahora entiendo todo el mensaje, ahora está completo. Gracias por dejarme tu tronco y por tus observaciones. 

Me abracé a él y le di las gracias nuevamente. Me quedé un rato más allí porque la verdad es que estaba realmente a gusto. Pude meditar sobre las palabras del Olmo y la metáfora de la cascada. ¡Me encanta!

A veces la vereda me lleva al sitio donde necesito, y el tiempo me renueva la energía sin necesitar nada más que parar y escuchar mi cuerpecito maravilloso.

Gracias por «los bancos a lo largo del camino», me sirven para parar, observar y atender. Qué importante es escucharme. A ver si esta vez no me olvido de la lección porque, la verdad, es que no es la primera vez, ja, ja.

Susurros de luz

Susurros de luz, la asociación que hace que las cosas bellas sucedan y además las cuenta.

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