Quién me lo iba a decir a mí
Jose María Escudero Ramos, Madrid. 16 agosto 2025

Me resulta difícil sincerarme. Quién me iba a decir a mí hace 45 años que me iba a costar sincerarme. Han pasado tantas cosas desde 1966. Se dice pronto. Si en vez de decir el año en el que nací, hubiese dicho mi edad hubiera comenzado con una mentira porque podría decir la edad que tengo cuando estoy escribiendo esto; pero entre que se presenta el texto a concurso; gana el premio y se publica, ya no tendría esa edad. ¿Y qué edad tendré cuándo mis lectoras lean esto?
Me consideraréis presuntuoso por escribir que gano el concurso y tal. Es mi obra, escribir es un gran premio, que te publiquen otro, que te lean, buff… un sueño. Que gustes y te lo digan… un regalo para el ego.
Pero el ego no da de comer. Es más, si te despistas el ego te merienda y cena.
Vivimos sobrevalorando todo, desde las incertidumbres hasta las certezas. Leemos libros de desarrollo personal en donde se nos cuenta el beneficio de fluir con la vida, pero queremos tener todo bajo control.
Una vez que se nos pasa esa fase de adolescencia en la que nos creemos que nos vamos a comer el mundo, una vez más ese ego incontrolado, construimos nuestra zona de confort a la cual nos aferramos con uñas y dientes, no porque sea cómodo para nosotros sino porque es donde mostramos una personalidad. Construimos un personaje fantástico. El arquetipo de “Cuñao”.
La zona de confort es aquella en la que nos sentimos protegidos, en ocasiones no hacemos algo nuevo porque eso significaría tener que dar un paso más allá del miedo, y eso no asusta, paraliza.
Por eso los medios de destrucción masiva que son los de comunicación oficiales nos bombardean con una serie de noticias que nos inoculan un miedo atroz y nos anulan. Nos hablan de los malos del mundo como el cáncer de la sociedad y de las enfermedades «mortales» como el cáncer con porcentajes muy elevados para determinados tipos de personalidades. pero nunca mencionan los orígenes emocionales que nos llevan a enfermar. Nos vuelven locos hablando de salud mental. Nos fiscalizan misérrimas transacciones mientras blanquean ingentes cantidades de dinero negro. Nos mienten mientras hablan de honestidad. Se atreven a hablar de libertad mientras nos censuran. Se atreven a compararnos con países que no tienen libertad de expresión mientras se llevan arrestado a uno que dice verdades como puños en un mitin de una funcionaria de alto rango de la UE o EU, según en que idioma prefieres que ponga las siglas.
Nos hablan de una verdad incómoda, del cambio climático mientras adornan el mapa meteorológico con chillones colores naranjas y rojos. Solo verlo te quema los ojos. Nos apabullan con tertulias en las que nadie dice nada claro y ni siquiera permiten hablar al experto invitado cuando lleva la contraría a un puñado de opinólogos sapiens sapiens.
Me resulta difícil sincerarme porque «como tire de la manta» puede que vengan a por mí, pobre de mí que no tengo donde caerme muerto. En verdad sí que tengo un enorme mundo donde rendir cuentas en mi último paso, la última zancada, esa a la que espero llegar cubierto de polvo, sudoroso, sonriente, cansado, feliz por haber llegado a la meta descalzo, como en mis mejores carreras, en mis mejores momentos… hoy, es decir, el día que sea, el presente último de mi vida, mi última exhalación.
Me resulta difícil entregarme porque puede ser que sea juzgado por mis palabras pero nunca por mis silencios… a no ser que me preguntes y yo no responda. Cuando quede en silencio, entonces, piensa que estoy huyendo de algo… es mi responsabilidad primera y última. El silencio… mantenerme a salvo de la locura del bullicio.
Hoy que somos tan libres, tiemblo por la censura. Quién me lo iba a decir a mí hace 45 años.