ColaboracionesJose Manuel Garrido

¿Dónde estás, Madre?

José Manuel Garrido, Madrid. 19 de mayo de 2026

Archivo Susurros de luz JMER

Paseando calle tras calle me encuentro a un mendigo más bajo unos cartones a punto de ceder por la humedad generada por esa lluvia esa que llamamos «chirimiri».

Madre, necesitamos de ti»_ pienso.

Sigo caminando, entro en el Metro y encuentro a un sin techo durmiendo en un incómodo asiento. Aún así, duerme plácidamente apurando minutos y ajustando esas horas de sueño que no ha disfrutado por la noche. 

Después de entrar a un vagón del tren, una señora me cede su sitio. Aunque me dolía la cintura un montón respondo: «Gracias señora pero estoy bien así». Mi bastón me ayuda un poco y me hago el fortachón.

En la siguiente estación bajan unas personas y suben otras. Dejan a mi vista a un muchacho el cual no aparenta ni veinticinco años. Se aferra firmemente a la barra de la puerta. Su mirada baja parece denotar cansancio. Lleva un abrigo con las mangas atadas a la cintura. Levanta uno de los brazos y se agarra también a la barra del techo. No le quito ojo. Veo su camiseta con un buen desgarrón en el sobaco bajando hacia la cintura. Los pantalones son un desecho y los «zapatos», a los que les faltaba a cada uno un trozo de suela, no tienen calificativo. Ambos nos bajamos en la misma estación; él sigue lentamente sus pasos y yo los míos. Hago transbordo. Ya en el andén un hombre se coloca a mi lado. Al principio no le presto atención. Llega el tren y al abrirse la puerta se apura para entrar antes que nadie. No me había fijado, lleva una muleta con multitud de cinta adhesiva de varios colores, sucias, medio rotas, descoloridas. Se queda mirando a los que están sentados pero todos hacen la vista gorda. Yo me coloco al final del vagón con la espalda pegada a la pared y él, al verme, se pone a mi lado pero se agacha y forzando su cuerpo, haciendo sonar sus articulaciones, se sienta en el suelo. Aprieta las mandíbulas con gesto desproporcionado. Nadie dice nada. Miran hacia otro lado. Yo me quedo observando el panorama, ¡a toda la gente!. Pasa una estación, pasa otra. Al subir una señora de muy buena apariencia, clama al cielo y se enfrenta a los pasajeros sentados…

– Por el amor de Dios, ¿no hay quién ceda el asiento a esta persona inválida?.

Rauda y veloz se levanta una dama joven.

– Yo no me di cuenta, perdone señor, siéntese aquí, por favor.

Y respondió el caballero con cara de muy buen agrado…

– Gracias pero si me levanto me haré daño, voy hasta casi final de línea y ya se me habrá pasado el dolor. De todas formas, éste señor de garrota en mano quizás necesite sentarse. Dice mirándome.

Yo contesté.

-Gracias amigo, voy muy bien así.

La mayoría de la gente seguía mirando hacia otro lado y el que no, cerraba los ojos y gesticulaba como si estuviesen escuchando música.

¿Dónde estás, Madre?.

Salgo a la calle y me encuentro parado en un semáforo. Mi vista se clava en un chaval el cual está sentado en el suelo con un botecito de una crema que desliza por la piel de los pies (pido perdón por llamar pies a esos miembros con la piel negra, seca y agrietada fuertemente por todos lados). Su cara denota satisfacción, placer inmenso. Sus ojos se cierran dejando que el poquito sol que teníamos en ese momento calentase su, también cuarteada, tez. 

El semáforo se abre y sigo pensando en Madre… SÍ, digo bien, en la «Madre Patria y Revolución» a la cual cantaba Silvio Rodríguez. Y me planteo que quizás esa Madre esté en nosotros mismos y no nos damos cuenta.

A veces un granito de arena, junto a muchos más, se convierten en una montaña; y una pequeña ayuda, en un mundo.

No desfallezcáis, quizás muy pronto Madre aparezca por la puerta y nos abrigue, nos arrope y nos quite nuestra hambre con arroz. Aunque también deberíamos pensar que el arroz lo podríamos cocinar nosotros para ofrecérselo, junto a Madre, al prójimo; ese que algún día bien podríamos ser tú, o yo.

 

       

Susurros de luz

Susurros de luz, la asociación que hace que las cosas bellas sucedan y además las cuenta.

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