Vagabundos de Carmen Neri
Me desperté triste, tocaba poner en orden mi vida. Empecé organizando mi armario; saqué la mitad de mi ropa y por la tarde decidí llevarla a la parroquia de la esquina de mi casa. Llegué a las cinco menos cinco, abría a en punto. La parroquia, contigua a su iglesia, estaba rodeada por un pequeño parque con varios bancos donde se hallaban dos vagabundos. Uno de ellos, muy amablemente, me sugirió que, si tenía prisa, él podía dejar la ropa cuando abriese. Comenzamos a charlar y se me ocurrió ofrecerle ropa, la poca que era de chico y podía caberle. Le transmití que lamentaba que el resto de ropa fuera
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